Lo que hace grande una Nación

Ago 02

«La medida del valor de un gobierno no es solamente el Producto Nacional Bruto, tampoco el equilibro de la balanza internacional de pagos, no está solamente en la cantidad de reservas de oro. Seguramente el valor de un gobierno está en lo que hace por su gente, la medida en que mejora su calidad de vida, mejora la asistencia sanitaria, les da mejores medidas de seguridad, mejores estándares de valores morales. Eso es lo que hace grande a una nación». Tommy Douglas.

Me ha venido a la mente esta cita de Tommy Douglas, el político canadiense, tras escuchar la arenga de Mariano Rajoy en la que, a modo de contable de grandes almacenes, ha querido dar cuenta de su “año glorioso”.

El Presidente del Gobierno tiene la virtud de recordarme cada vez que habla lo que caracteriza al mal gobernante: alguien que se atribuye todos los méritos y que elude cualquier responsabilidad en los fracasos. Y es que siendo innegable que la situación económica en España ha mejorado – en el sentido que se ha estabilizado y da señales de recuperación en la producción y el empleo- no es menos cierto que aunque sólo quisiéramos analizar datos económicos y de empleo a la hora de hacer el balance político anual, hemos de incorporar algunos elementos de juicio para no engañarnos y, sobre todo, para no engañar a los ciudadanos.

El primero de ellos es que no debemos olvidar quien nos metió en la crisis. Fueron las políticas continuistas de Zapatero respecto de las que el tándem Aznar-Rato había puesto en marcha las que llevaron a España a la situación de crisis política, económica y social que nos ha costado la pérdida de tres millones de puestos de trabajo. Y el mayor grado de desafección hacia nuestras instituciones conocido desde que vivimos en democracia.

El segundo factor a analizar es la influencia que están teniendo en la salida de la crisis las políticas europeas, del BCE, la propia duración de la crisis, la flexibilización del objetivo del déficit… O sea, en la crisis que le ha tocado gestionar a Rajoy hay una parte de herencia recibida y compartida (el PP gobernaba en más de la mitad de las CCAA y había iniciado las políticas que nos llevaron a la burbuja inmobiliaria  que  Zapatero continuó) y otra parte de nuevo patrimonio transferido desde las instituciones de la UE. Dicho de otra manera: ni todo era demérito de Zapatero ni todo es mérito de Rajoy.

Pero lo más indignante, la mayor muestra de mediocridad y de falta de percepción de lo que es verdaderamente importante, estriba en todo aquello que está ausente del discurso del registrador de la propiedad. El Presidente ha perdido una gran oportunidad para mostrar al país que tiene una idea cabal y completa de lo que significa una nación grande, que no es otra cosa, como explicaba Douglas, que aquella en que sus ciudadanos viven en condiciones de libertad, justicia e igualdad. Rajoy debiera haber recordado que a pesar de las cifras macroeconómicas en España se han acrecentado las diferencias entre los más ricos y los más pobres; que sigue creciendo la pobreza infantil, no como consecuencia de la crisis, que la agrava, sino como consecuencia de la falta de políticas activas para combatirla; debiera haber recordado a los centenares de miles de ciudadanos que no perciben ni un solo subsidio de desempleo; a los centenares de miles de trabajadores con contrato que viven bajo el umbral de la pobreza.

Para ser creíble, Rajoy debiera haber mencionado que con las tasas de crecimiento que el propio Gobierno prevé (un 1% en 2015) tardaremos 20 años en recuperar los tres millones de empleos perdidos durante la crisis. Para ser creíble debiera de haber iniciado alguna autocrítica, reconociendo que hay alternativas para salir de la crisis a mejor ritmo y de forma sostenible, por ejemplo eliminando gasto superfluo o poniendo en marcha el contrato único. Para ser creíble debiera haber hablado del problema que representa para nuestro país una deuda pública tan elevada y de cómo va a enfrentarlo su Gobierno; o el coste del rescate bancario; o lo insostenible que es en términos democráticos el mantenimiento de las tasas de pobreza y desigualdad; o lo insufrible que resulta el conocimiento cotidiano de nuevos casos de corrupción política y la impunidad con la que decenas de dirigentes políticos siguen operando; debiera haberse referido a la crisis institucional generada por el desafecto entre la ciudadanía y la política y por las pulsiones secesionistas del nacionalismo catalán…

Pero no, él es Rajoy. Y ya se sabe que resulta sumamente previsible: lo bueno, todo suyo; lo malo, culpa de los demás. Para gobernar en tiempos de bonanza, vale cualquiera. Pero en tiempos de crisis se necesitan gobernantes capaces de ir por delante de los acontecimientos, gobernantes solventes, capaces de asumir su responsabilidad, de ver a España no como el balance de una empresa sino como un país en el que viven 47.000.000 de ciudadanos que aspiran a vivir en una sociedad más justa y más segura, más libre, más igualitaria. Cuarenta y siete millones de ciudadanos españoles que saben que la España que ellos quieren no cabe en una cuenta de resultados, que no es el balance en verde lo que hace grande una nación.

Qué pena no tener un gobernante a la altura del país.

Rosa Díez

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