La dignidad y el dolor

Mar 11

Aquella mañana de hace diez años, única e inolvidable en nuestra historia, amanecí en Santiago de Compostela. Estaba leyendo la prensa mientras desayunaba cuando me sonó el teléfono móvil. Era Alejandro Cercas, compañero y amigo en el Parlamento Europeo. Me dijo que había habido una explosión en un tren en Madrid, que no se sabía nada con certeza, que parecía un atentado…

A partir de ese momento, perplejidad, impotencia, miedo, dolor… Dolor, sobre todo dolor; y mucho miedo. Miedo cada vez que daban un número de muertos; miedo cada vez que estallaba una nueva bomba, miedo cada vez que veíamos las ambulancias, el humo, las lágrimas de los testigos, la desesperación de los familiares, la incertidumbre de quienes no sabían si los suyos iban en esos trenes…

Recuerdo ese día momento a momento. Lo que hice, con quien hablé, lo que escuchaba por la radio o veía en la televisión… Mis sentimientos, mi angustia ante cada nueva conexión… Recuerdo en primera persona cada conversación, cada especulación que me llegaba mientras yo sólo veía a bomberos corriendo para salvar vidas, a guardias civiles esforzados en rescatar heridos, a voluntarios poniéndose en la piel de los que sufrían en el suelo… Las especulaciones, los cálculos, las voces, se multiplicaban; pero yo eso lo recuerdo con sordina. Porque en el primer plano de mi memoria están los policías municipales, los policías nacionales, los guardias civiles que recorrían los andenes y las vías recogiendo enseres, apoyando a los heridos y a sus familias, los enfermeros, los médicos, los psicólogos, los ciudadanos anónimos que se echaron a las calles, los bomberos…

Y luego, las víctimas. Ellas, todas ellas siguen ahí, en primer plano. Y con ellas, en el lugar más importante de nuestra memoria, las caras y los uniformes de todos los que no se preguntaron nada ni quisieron escuchar ningún rumor. En el lugar de honor de mi memoria están los que salieron a la calle y fueron a su puesto de trabajo para demostrar que hay otra España que no sabe de cálculos y que practica la dignidad.

“Menos mal”, recuerdo haber pensado y repetido esos días. Menos mal que hubo miles de ciudadanos que nos permitieron recuperar el respeto. Menos mal que pudimos mirarnos en los ojos de todos esos profesionales y voluntarios que supieron estar a la altura de lo mejor de los seres humanos.

Hoy, que es día de recuerdo y de dolor, quiero también recordar con orgullo a todos esos conciudadanos que nos hicieron sentirnos orgullosos de formar parte de este país que se llama España.

Rosa Díez

 

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