UNA IDEA DE ESPAÑA, UNA IDEA DE EUROPA

Jun 14

Este es el título de una conferencia que pronuncié en la Universidad Autónoma de Madrid, en su Facultad de Psicología, el diecinueve de mayo de 2009. Lo he recordado ayer al ver en los periódicos los actos de celebración del veinticinco aniversario de la incorporación de España a la entonces denominada Comunidad Económica Europea. Lo primero que me llamó la atención fue el hecho de que ninguno de los diarios de mayor tirada nacionales llevara el tema a portada. Sólo uno, Público, hablaba de Europa en su primera y era para afirmar que se estaba yendo “al carajo”.

Recordé lo que representó políticamente aquella fecha para los que hoy tenemos más de cincuenta años. Si alguien me hubiera dicho entonces que sólo veinticinco años más tarde la emoción iba a desaparecer por completo en el recuerdo de aquel hito, no me lo hubiera creído. Aunque no se por qué me extraño; porque para defender una Europa fuerte, esa Europa política que tanta falta nos hace, es preciso defender y construir una España fuerte, una España más justa, más solidaria, más igualitaria, más cohesionada. En definitiva, una España mejor, pero sólo una. Pero nosotros vivimos en un país en el que por la tarde, delante del Rey, se hace un discurso “europeísta” y a la mañana siguiente, frente a los hoolligans de cada cual se impulsan políticas que tienen como objetivo y/o consecuencia desvertebrar España.

Por eso es tan importante reclamar la coherencia del discurso con los hechos. Por eso es importante que destaquemos, ahora que estamos de aniversario y dependemos tanto de la tutela de Europa, que no se puede construir una Europa unida sin defender a la vez una España fuerte y unida. La nación constitucional y democrática que no es discutible ni puede ser discutida por nadie que se confiese a la vez europeísta.

Como ya en otras ocasiones he recordado, hace unos pocos años la Fundación Academia de Yuste tuvo el acierto de conceder el Premio Europeo Carlos V al político alemán Helmut Kohl. Entre los méritos que le reconoció para hacerle acreedor de tal galardón la Academia destacó especialmente su apuesta por la reunificación de Alemania tras la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1898. Cuando le vimos en Berlín, en octubre de 1990, presidir la ceremonia de la reunificación de las dos Alemanias, supimos que el viejo canciller había entrado con todo mérito en la historia de Europa. Años después, en 1996, al recibir el Premio Príncipe de Asturias le escuchamos decir: “Hace 40 o 50 años sucedió algo que para más de uno, incluso para mi persona, sigue siendo un milagro: los enemigos de antaño se tendieron la mano y el odio mortal se convirtió en entendimiento, cooperación y amistad”.

Si hago esta referencia a Helmut Kohl es para contextualizar, en su justa dimensión, nuestra capacidad para enfrentarnos a retos nacionales que a veces se nos antojan insalvables. Europa siempre ha estado al borde del drama, cuando no lo ha protagonizado en primera persona. Pero gracias al compromiso y a la fuerza, a la ambición de futuro, de un grupo de dirigentes políticos, los europeos han probado su capacidad para realizar milagros. La propia creación de Europa (eso que Kohl denomina la sustitución del odio por la amistad) es un milagro. Como lo es el hecho de que los alemanes, españoles, italianos, franceses decidiéramos un día sustituir nuestra propia moneda por el euro. O el regreso a la Unión de los países que fueron expulsados del corazón de Europa por las guerras.

Europa siempre ha progresado cuando se producía uno de estos dos factores: o un liderazgo muy fuerte –Kohl, Adenauer, Monet, serían ejemplos de ello—y/o la complicidad fuerte entre varios líderes menores; eso, o el anuncio o la certeza de una inminente catástrofe. Probablemente la puesta en marcha del euro obedece a ese primer escenario; y los acuerdos (aunque insuficientes) en materia económica y financiera alcanzados en los últimos meses por los jefes de Estado y de Gobierno europeos, al segundo de los descritos. Pero ya sea en uno u otro supuesto, en mayor o menor medida, siempre ha concurrido una misma circunstancia: el estado de necesidad.

Les propongo que apliquemos la misma lógica a nuestro país. Si buscamos liderazgos y complicidades (primer supuesto) capaces de sacarnos de la gravísima crisis institucional, económica y social que sufre España no encontraremos salvo el vacío más absoluto. Ni capacidad, ni complicidad democrática, ni generosidad, ni altura de miras en los liderazgos de las dos formaciones políticas más importantes: nada. Y nada que esperar tampoco de la patronal ni de los sindicatos. Una demostración fehaciente de que las instituciones políticas y sociales (y sus dirigentes) que resultaron imprescindibles para la Transición e incluso para que España se incorporara a Europa han quedado obsoletas, no sirven para la situación actual.

Sólo nos queda la esperanza de que España –como ha hecho Europa desde su propio nacimiento–, haga de la necesidad virtud. Y que el estado de necesidad, la imperiosa pulsión para abordar los cambios profundos que requiere nuestro país resulte más fuerte que la mediocridad de los gobernantes y aspirantes actuales. Y que sea esa necesidad, esa ambición de país y de futuro, la que lleve a los ciudadanos a pronunciarse en las urnas sin ningún tipo de miedo al cambio.

Sólo nos queda la esperanza de que los ciudadanos tomen la palabra y reclamen su autonomía frente a los partidos que nos han llevado a esta situación. Pero amigos, la esperanza -a diferencia de la fe- hay que trabajársela Por eso estamos en la calle explicando a todos los ciudadanos que se puede y se debe hacer algo más que quejarse. Por eso les decimos a nuestros conciudadanos que no están obligados a seguir apoyando a quien ya les ha defraudado, que no tienen por que resignarse a elegir entre lo que no les gusta y lo que les gusta menos todavía. Apelamos al libre albedrío, a la capacidad crítica de los ciudadanos: lo esperamos todo de ellos.

Por eso les queremos decir a todos los que se sienten huérfanos de la política que merece la pena volver a intentarlo y participar en la vida democrática. Por eso le pedimos a la gente que nos mire, que nos lea, que juzgue lo que hacemos, que nos dé su opinión, que se anime a ejercer su derecho de ciudadanía.

Así que ánimo y a por todas.

Share