¿Cuándo saldrá a la calle la tercera España?

May 04

Los españoles estamos viviendo tiempos difíciles. Y no sólo por las caras y nombres que se ocultan detrás de las cifras de millones de parados, por el hecho dramático de que un millón largo de nuestros conciudadanos lleve más de un año en paro, o porque en casi dos millones de hogares españoles ninguno de sus miembros tenga un puesto de trabajo. Todo ello es la expresión del drama por el que atraviesa España; es la fiebre que alerta dolorosa y ascendentemente sobre la enfermedad. Nuestro país está política e institucionalmente enfermo; gravemente enfermo. Tanto que ya no hay analgésico capaz de quitarle el dolor.

Mientras que cada día escuchamos abundantes reflexiones sobre la urgencia de impulsar profundas reformas de nuestro modelo productivo y laboral, son aún tímidas las voces que señalan el diagnóstico sin enredarse en los síntomas. No es por ignorancia; los poderes políticos, mediáticos y económicos del país saben que se está combatiendo el cáncer con analgésicos; pero siguen discutiendo sobre las dosis e incluso la oportunidad de pasar a la morfina porque son incapaces de liderar el cambio de modelo institucional. Entre otras cosas porque temen que éste se les pueda llevar por delante. Y es que las instituciones que fueron imprescindibles para la Transición no sirven para regenerar la democracia ni para dar respuesta a los problemas de la sociedad española del siglo XXI

Ha llegado la hora de que nos atrevamos a decir que la situación en la que se encuentra nuestro país no se arregla sólo con medidas económicas: no hay solución a la crisis económica y de modelo productivo si no abordamos la reforma del modelo de Estado. En España ha llegado hora de que alguien se atreva a proclamar, parafraseando a Clinton: «¡Es la política, estúpidos!».

El actual modelo económico y político de España es insostenible. En lo económico sólo puede durar mientras sea posible seguir endeudándose. En lo político está a punto de convertirse en inviable. Pero aún tenemos la oportunidad de tomar la iniciativa de reformarlo, antes de que tengamos que hacerlo obligados por las circunstancias, en el peor de los escenarios, arrastrados por la crisis social y política y sin ninguna autonomía para decidir. Y para ellos es necesario promover un conjunto de reformas estratégicas capaces de renovar la democracia, superando el estancamiento político al que ha llegado tras agotarse el impulso originario de la Transición.

Para la inmensa mayoría de ciudadanos, España es algo más que la suma de 17 Comunidades y dos Ciudades Autónomas. Sabemos que la unidad de la Nación española tiene un objetivo democrático que va más allá de lo sentimental: es el principal instrumento para defender la igualdad y la libertad de todos los españoles. Eso exige la cohesión institucional y simbólica del Estado encargado de definir y garantizar los derechos concretos de los ciudadanos. Nosotros no queremos un Estado de Derecho uniforme ni mucho menos uniformado, pero si unitario y descentralizado. El fetichismo de la diferencia a ultranza nos parece una solemne majadería política de la que viven unos cuantos iluminados y numerosos mangantes de la política local. Y a la que desgraciadamente se están sumando los partidos nacionales, ajenos a su propia historia o cargados de complejos y de hipotecas. Estamos por la España plural de los ciudadanos iguales y distintos; pero no por la España asimétrica de los territorios enfrentados, radicalmente contraria al principio democrático de igualdad.

Defender la Constitución es para nosotros defender sus valores y principios como elementos básicos e imprescindibles para garantizar la estabilidad democrática, la igualdad y el progreso. Precisamente por eso sostenemos que, después de tres décadas de historia y del devenir político al que hemos asistido, el texto constitucional necesita ser revisado para que pueda seguir cumpliendo la misión de garantizar esos derechos fundamentales que no son negociables: la libertad individual y la igualdad jurídica. Y en la defensa de estos principios y valores podemos encontrarnos la inmensa mayoría de los españoles.

Defender los principios constitucionales es también combatir la mentira y el intento de descalificación de nuestra historia y de las instituciones democráticas. Asistimos en las últimas semanas a un recrudecido y peligroso empeño de reescribir y falsificar lo mejor de nuestra historia más reciente y en el que parecen coincidir muchos de los dirigentes sociales y políticos de la llamada izquierda española. En otro país que no fuese el nuestro, tan mermado de cuajo democrático, este intento de deslegitimación de nuestra Transición no tendría ninguna posibilidad de éxito. Pero a nosotros nos puede pasar factura la falta de educación y de pedagogía democrática que ha existido. Muchos jóvenes no tienen ni idea de lo que fue realmente la Transición; no saben que el perdón y el olvido que se acordó entre vencedores y vencidos de la Guerra Civil y de sus secuelas no significó ningún empate: la democracia venció por goleada. Y de esa goleada democrática nació nuestra Constitución, homologable con cualquiera de las Constituciones más garantistas de derechos del mundo. Apelo a que hagamos un esfuerzo para que los sobrevenidos nostálgicos del régimen franquista, estos que han descubierto que contra Franco vivían mejor, no nos impongan sus mentiras, sus odios y sus obsesiones.

Para blindar lo común, para defender lo que nos une y para desterrar los privilegios y las prebendas, hace falta un discurso político en defensa del Estado. Es para esto para lo que creo que ha llegado la hora de que salgamos a la calle; para demostrar que somos mayoría los que queremos romper el empate a cero al que nos tiene sometidos los dos viejos partidos, el Partido Socialista y el Partido Popular, preocupados sólo por acertar con la táctica que les permita mantenerse o llegar al poder.

Hay una inmensa mayoría de ciudadanos españoles que no se sienten representados por esa especie de cara o cruz de la política española. Estoy segura de que hay millones de españoles que añoramos esa Tercera España que tan bien representaron un liberal como Marañón y un socialdemócrata como Besteiro. Por eso creo que hay que salir a la calle: para sentirnos mayoría política los que somos mayoría social; para dar la oportunidad de reencontrarse a millones de ciudadanos que son españoles sin complejos; para mandar un mensaje contundente a quienes nos quieren convencer de que nada puede cambiar, para que sientan nuestra fuerza los que quieren tapar la boca a todos aquellos a los que no pueden controlar. Y para que nadie nos rompa el corazón.

Está en nuestras manos cambiar esta realidad que nos asfixia. Sólo hace falta que la mayoría silenciosa tome la palabra; sólo es necesario que todo el que se sienta capaz de hacer algo más que deprimirse o quejarse dé un paso al frente y se disponga a sostener esta bandera, la bandera de la Tercera España, del libre albedrío, de los resistentes. Si queremos, podemos.

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