QUE TE SEA LEVE EL CAMINO, AMIGO JORDI.

Dic 05

soletura

Ayer murió Jordi Solé Tura, al que hoy  todos recuerdan como uno de los padres de la Constitución. Yo quiero despedir, rindiendo sincero homenaje de recuerdo y consideración, al militante socialista que conocí durante los años que ambos fuimos miembros del Comité Federal del PSOE.

Jordi era un hombre franco, amable, inteligente, un poco socarrón. Había que escucharle cuando tomaba la palabra  –tampoco se prodigaba mucho–,  porque  siempre se aprendía algo de su reflexión. Guardo una foto con el de su época de Ministro de  Cultura, en un viaje a Euskadi, en los jardines de Ajuria Enea, durante una recepción que daba el Lehendakari Ardanza; estamos sentados juntos, riendo de algo que nos acababa de contar José Antonio Aguiriano, otro ilustre socialista desaparecido que era por entonces Delegado del Gobierno en el Páis Vasco.

Recuerdo a Jordi escuchando atento cuando le hacías cualquier comentario o reflexión; y sorprendiéntote con su juicio independiente y sensato. De vez en cuando, con estas cosas del Estatuto de Cataluña y de los estatutos con alma de Constitución, he pensado en él; pero hace mucho tiempo que no le veía.  Y ahora, cuando he sabido que había muerto, le he empezado a echar en falta.

Descansa en paz, amigo.

DE COMO EL REGLAMENTO DEL CONGRESO SE APLICA A LOS INVITADOS.

Ocurrió ayer durante la sesión extraordinaria en la que invitados varios –niños e ilustres conocidos de distintas áreas de la vida social española–; habían sido invitados a leer diferentes artículos de nuestra Constitución. Lamentablemente no pude asistir porque estoy en casa con una gripe que se resiste a dejarme en paz. Pero he podido escuchar primero y ver después, ese momento singular en el que un joven se atreve a opinar sobre el incumplimiento de los sindicatos del papel que les reserva la Constitución.

Confieso que me ha sorprendido la entereza del joven ante las recriminaciones y llamadas al silencio de la Vicepresidenta Teresa Cunillera. Les aseguro que hay que tener un enorme temple para no callarse cuando te dan órdenes tan tajantes desde una posición dominante y a tu espalda. Temple el del muchacho y exceso de rigor el de la Presidenta. Estábamos en una sesión extraordinaria, y las palabras del joven no eran ofensa para nadie; él no hacía sino expresar su libre opinión y es difícilmente justificable que no se le dejara acabar la frase. En fin, a veces los árboles no nos dejan ver el bosque. En todo caso, una pena que una sesión que perseguía dar la imagen de un Parlamento abierto a los ciudadanos vaya a ser recordada por el momento en el que se le quita la palabra a uno de ellos.

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